Cuentos

“Algunos cuentos fueron hechos para dormir a los niños... Otros para despertar a los hombres."

¿Qué se necesita para ser un sabio? 
Un joven fue a ver a un sabio cierto día y le preguntó: Señor, ¿Qué debo hacer para convertirme en un sabio? El sabio no contestó. El joven, después de haber repetido su pregunta cierto número de veces con parecido resultado, lo dejó y volvió al siguiente día con la misma demanda. No obtuvo tampoco contestación alguna y entonces volvió por tercera vez y repitió su pregunta: Señor, ¿Qué debo hacer para convertirme en un sabio? 
Finalmente el sabio lo atendió y se dirigió a un río que por allí corría. Entró en el agua llevando al joven de la mano. Cuando alcanzaron cierta profundidad, el sabio se apoyó en los hombros del joven y lo sumergió en el agua, a pesar de sus esfuerzos para desasirse de él. Al fin lo dejó salir, y cuando el joven hubo recuperado el aliento, el sabio interrogó:
  -Hijo mío, cuando estabas bajo el agua, ¿Qué era lo que más deseabas? 
Sin vacilar contestó el joven: aire, quería aire.
  - ¿No hubieras preferido mejor riquezas, placeres, poderes o amor? ¿No pensaste en ninguna de esas cosas? 
   - No señor, deseaba aire y solo pensaba en el aire que me faltaba -fue la inmediata respuesta.
  - Entonces,-dijo el sabio- para convertirte en un sabio debes desear la sabiduría con la misma intensidad con la que deseabas el aire. Debes luchar por ella y excluir todo otro fin de tu vida. Debe ser tu sola y única aspiración, día y noche. Si buscas la sabiduría con ese fervor, seguramente te convertirás en un sabio.


La tienda de la verdad 
El hombre caminaba paseando por aquellas pequeñas callecitas de la ciudad provinciana. Tenía tiempo y entonces se detenía algunos instantes en cada vidriera, en cada negocio, en cada plaza. Al dar vuelta una esquina se encontró de pronto frente a un modesto local cuya marquesina estaba en blanco, intrigado se acercó a la vidriera y arrimó la cara al cristal para poder mirar dentro del oscuro escaparate... en el interior, solamente se veía un atril que sostenía un cartelito escrito a mano que anunciaba: Tienda de la verdad.
El hombre estaba sorprendido. Pensó que era un nombre de fantasía, pero no pudo imaginar qué vendían. 
Entró. 
Se acercó a la señorita que estaba en el primer mostrador y preguntó: 
—Perdón, ¿esta es la tienda de la verdad?. 
—Sí, señor, ¿qué tipo de verdad anda buscando: verdad parcial, verdad relativa, verdad estadística, verdad completa? 
Así que aquí vendían verdad. Nunca se había imaginado que esto era posible, llegar a un lugar y llevarse la verdad, era maravilloso. 
—Verdad completa –contestó el hombre sin dudarlo. 
“Estoy tan cansado de mentiras y de falsificaciones”, pensó, “no quiero más generalizaciones ni justificaciones, engaños ni defraudaciones”. 
—¡Verdad plena! –ratificó. 
—Bien, señor, sígame. 
La señorita acompañó al cliente a otro sector y señalando a un vendedor de rostro adusto, le dijo: 
—El señor lo va a atender. 
El vendedor se acercó y esperó que el hombre hablara. 
—Vengo a comprar la verdad completa. 
—Ahá, perdón, ¿el señor sabe el precio? 
—No, ¿cuál es? –contestó rutinariamente. En realidad, él sabía que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por toda la verdad. 
—Si usted se la lleva –dijo el vendedor— el precio es que nunca más podrá estar en paz. 
Un frío corrió por la espalda del hombre, nunca se había imaginado que el precio fuera tan grande. 
—Gra... gracias, disculpe... –balbuceó. Se dio vuelta y salió del negocio mirando el piso. 
Se sintió un poco triste al darse cuenta de que todavía no estaba preparado para la verdad absoluta, de que todavía necesitaba algunas mentiras donde encontrar descanso, algunos mitos e idealizaciones en los cuales refugiarse, algunas justificaciones para no tener que enfrentarse consigo mismo. “Quizás más adelante”, pensó...

El jabón de los conceptos
El joven discípulo se encontraba inmerso en sus acostumbradas meditaciones. Con gran interés y visión imparcial, cuestionaba las cosas de la vida y examinaba minuciosamente el trasfondo de sus conductas y sentimientos a la luz del auto conocimiento.
De pronto sus observaciones se toparon con una contradicción de la que no hallaba salida. Inquieto y en busca de claridad fue a buscar a su maestro para plantearle sus dudas.
El viejo se encontraba a la orilla del río con los pies sumergidos en el agua. Al verlo, el discípulo se acercó, lo saludo, se sentó a un lado y le planteó sus dudas…
- Maestro, varias veces lo he escuchado hablar sobre el obstáculo de los conceptos y de cómo estos entorpecen la disposición y la apertura que se necesitan para recibir la verdad; sin embargo, también es cierto que en nuestra disciplina estudiamos con esmero la enseñanza de los sabios y las doctrinas que han sido estructuradas a base de conceptos. Ambas vías me han sido provechosas, pero al examinarlas encuentro en ellas caminos que se contradicen. Por un lado adquirir conceptos y por otro lado librarse de ellos. ¿Por qué opción debe uno inclinarse?
El maestro miraba con encanto los pequeños pececitos que pasaban cerca de sus pies. Escuchó las dudas del muchacho y después guardó un lapso de silencio.
Mira –Le dijo-, señalando a una mujer que lavaba ropa a la distancia.
El jabón es indispensable para lavar, porque ayuda a aflojar las manchas y la suciedad de la ropa. Sin embargo, una vez ha cumplido su función, debe retirarse para que la ropa quede limpia y dispuesta para su uso. El conocimiento teórico cumple una función similar. Orienta al aspirante y le señala los pasos que debe seguir en su práctica. Más una vez realizada, la teoría debe ser reemplazada por el verdadero conocimiento y entonces los conceptos se hacen innecesarios por haber cumplido su función.
Debes tener siempre presente que vives en un mundo relativo, donde alternativas de polos opuestos pueden ser útiles e inútiles según el caso y el contexto donde se presentan. Inclinarse definitivamente a un extremo siempre te conducirá al sueño y a perder las bondades de su contrario.
Utiliza los conceptos como el mapa de un tesoro, pero una vez hayas caminado la ruta y hallado el tesoro, no te apegues al mapa.
¡Y recuerda! ¡ Puedes tener el mapa, pero eso no quiere decir que hayas alcanzado el tesoro!

El libro sagrado
Érase una vez un hombre que formó un camino espiritual y al que todos consideraban una persona muy ilustrada.
Sus seguidores adoptaron la costumbre de registrar en un libro todas las instrucciones que el maestro daba. Con el paso de los años, el libro alcanzó un considerable volumen con un copioso registro de toda clase de instrucciones.
A los seguidores de este camino se les aconsejaba no hacer nada sin primero consultar en el libro santo. Donde quiera que fueran, sin importar qué hicieran, debían consultar el libro. Se había convertido en una especie de manual para guiar sus vidas.
Un buen día, mientras cruzaba un puente de madera, el maestro cayó al río. Los seguidores estaban allí, junto a él, pero ninguno sabía qué hacer en tales circunstancias. Decidieron entonces, consultar al libro santo.
Ayuda, – gritaba el maestro. No sé nadar
– Espere unos momentos, Maestro. No se ahogue – respondieron los discípulos. Estamos consultando el libro santo. En algún lugar tienen que estar las instrucciones a seguir en caso de que usted caiga al río mientras cruza un puente de madera.
Mientras los discípulos recorrían las páginas del libro buscando las instrucciones apropiadas, el maestro desapareció bajo el agua.



El portero del Prostíbulo
No había en aquel pueblo un oficio peor conceptuado y peor pagado que el de portero del prostíbulo... Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque su padre había sido el portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre.
Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos...
Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio. Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones. Al portero, le dijo:
—A partir de hoy, usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes.
El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero...
—Me encantaría satisfacerlo, señor –balbuceó— pero yo...yo no sé leer ni escribir.
—¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga estoy y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto...
—Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo...No lo dejó terminar.
—Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, los siento. Que tenga suerte.
Y sin más, se dio vuelta y se fue.
El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación.
Llegó a su casa, por primera vez, desocupado. ¿Qué hacer?
Recordó que a veces en el prostíbulo cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.
Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Tenía que comprar una caja de herramientas completa. Para eso usaría una parte del dinero que había recibido.
En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debería viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. ¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha.
A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino.
—Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.
—Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin empleo...
—Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.
—Está bien.
A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.
—Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?
—No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.
—Hagamos un trato –dijo el vecino— Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos días de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?
Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días...
Aceptó.
Volvió a montar su mula.
Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.
—Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?
—Sí...
—Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatro días de viaje y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras.
El ex –portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue..“...No todos disponemos de cuatro días para hacer compras”, recordaba.
Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.
En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo en viajes.
La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje.
Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.
Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un galpón.
Luego le hizo una entrada más cómodo y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en la primera ferretería del pueblo.
Todos estaban contentos y compraban en su negocio.
Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.
Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.
Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos.
Y luego, ¿por qué no? las tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos...
Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región.
Tan poderoso era, que un año para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se enseñarían además de lectoescritura, las artes y los oficios más prácticos de la época.
El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador..A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:
—Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primera hoja del libro de actas de la nueva escuela.
—El honor sería para mí –dijo el hombre—. Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto.
—¿Usted? –dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo.
—¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?
—Yo se lo puedo contestar –respondió el hombre con calma—. ¡Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería portero del prostíbulo!.

Una parábola sobre una parábola
Hubo una época en que la Verdad era privilegio de la gente simple, tan desnuda como la Verdad. Cualquiera que viera la Verdad se apartaba con temor o con vergüenza, porque no podían mirarla a la cara. La Verdad deambulaba entre la gente de la tierra; mal recibida, desairada, e indeseable. Un día, sola y sin amigos, se encontró con Parábola deslizándose feliz, vestida de corto, con ropas de muchos colores. Entonces Parábola le pregunto con una alegre sonrisa a la Verdad…
— ¿Por qué vas tan triste y tan despreciada?
—Porque soy tan vieja y tan fea que la gente me huye dijo la Verdad acongojada.
—Tonterías rio Parábola, no es ésa la razón por la que la gente te evita. Te prestaré algunas de mis ropas, mézclate con la gente y verás lo que sucede.
Así, la Verdad se adornó con algunas de las prendas más lindas de Parábola y dondequiera que iba era bien recibida.
Enseñanza
“Los hombres no pueden enfrentar a la Verdad desnuda, la prefieren disfrazada con las ropas de Parábola.”
La mujer y el farol
Una mujer estaba buscando algo en el suelo junto a un farol. Pasó por allí un hombre y se paró, curioso, a observar a la mujer, que afanosamente buscaba y buscaba. Intrigado, después de un rato, el hombre preguntó:
- Buena mujer, perdona que me inmiscuya en tus asuntos, pero ¿podrías decirme qué buscas?
Y la mujer repuso:
- Busco una aguja que he perdido en mi casa, pero como allí no hay luz he venido a buscarla junto a este farol.
Enseñanza
Como esa mujer proceden muchos seres humanos que buscan afuera aquello que deberían buscar adentro sí mismos. (La sabiduría, la paz, El maestro, etc.)


El gusano de seda
La pobre mujercita había perdido su primer hijo. Casi enloquecida por la pena deambuló por las calles de la ciudad, pidiendo por algo, por alguien, que su hijo le fuera devuelto.
Algunas personas se apartaban de ella compadecidas, otras la despreciaban y se burlaban, llamándola loca por creer que su hijo podía volver a la vida. Pero la mujer no podía consolarse. Ni palabras ni razonamientos lograban aliviar su pena. Por fin, un anciano sacerdote, enterado de su profunda desesperación la mandó llamar y le dijo:
—Hay un solo hombre en el mundo que puede ayudarte. Es el Perfecto, El Buda que vive en lo alto de esa montaña. Ve a verlo.
La desolada madre, con el cuerpo dolorido y agobiada por la pena, ascendió lentamente por el difícil sendero de la montaña hasta que al dar vuelta en un recodo vio a Buda, sentado sobre una roca. Se prosternó ante él clamando:
— ¡Oh! ¡Buda! ¡Vuelve mi hijo a la vida!
El Buda levantó gentilmente a la pobre mujer y le dijo:
—Baja a la ciudad. Recorre casa por casa y tráeme un gusano de seda de cualquier casa en la cual no haya muerto nadie.
La joven mujer gritó alborozada y se dio prisa en bajar la montaña. Corrió hacia la primera casa y pidió:
—Buda desea que le lleve un gusano de seda de una casa donde no se conozca la muerte. —En esta casa —le dijeron—, han muerto muchos.
Se dirigió a la siguiente donde le informaron:
—Nos sería imposible decir cuántos han muerto aquí, porque como ves la casa es muy vieja.
Así fue de casa en casa por toda la calle, de ahí a la siguiente y luego a la más próxima. No se detenía más que lo indispensable para descansar o alimentarse. Recorrió toda la ciudad, casa por casa, sin encontrar alguna a la que la muerte no hubiera visitado alguna vez.
Lentamente retomó el camino de la montaña y volvió a encontrar al Buda como antes, sentado y meditando.
—¿Me has traído el gusano de seda? —le preguntó.
—No, ni lo buscaré más; el dolor me cegó, por eso pensé que mi pena y mi sufrimiento eran únicos.
—Entonces, ¿por qué has vuelto otra vez a mí? —preguntó Buda.
Para pedirte que me enseñes la verdad.
—Hay una sola Ley, para los hombres y para los dioses: Todo es perecedero.

El monje malabarista 
Nuestra Señora, con el Niño Jesús en sus brazos, decidió bajar a la Tierra y visitar un monasterio. Orgullosos, todos los sacerdotes formaron una larga fila, y uno a uno se acercaban la Virgen para rendirle homenaje. Uno declamó bellos poemas, otro mostró las ilustraciones que había realizado para la Biblia, un tercero recitó los nombres de todos los santos. Y así sucesivamente, monje tras monje, fueron venerando a Nuestra Señora y al Niño Jesús. En el último lugar de la fila había un monje, el más humilde del convento, que nunca había aprendido los sabios textos de la época.
Sus padres eran personas humildes, que trabajaban en un viejo circo de los alrededores, y todo lo que le habían enseñado era lanzar bolas al aire haciendo algunos malabarismos.
Cuando llegó su turno, los otros monjes quisieron poner fin a los homenajes, pues el antiguo malabarista no tendría nada importante que decir o hacer y podía desacreditar la imagen del convento. Pero en el fondo de su corazón, él también sentía una inmensa necesidad de dar algo de sí a Jesús y la Virgen. Avergonzado, sintiendo sobre sí la mirada reprobatoria de sus hermanos, sacó algunas naranjas de su bolsa y comenzó a tirarlas al aire haciendo malabarismos, que era lo único que sabía hacer.
Fue en ese instante cuando el Niño Jesús sonrió y comenzó a aplaudir en el regazo de Nuestra Señora. Y fue hacia él a quien la Virgen extendió los brazos para dejarle que sostuviera un poco al Niño.


El rey sabio
Había una vez, en la lejana ciudad de Wirani, un rey que gobernaba a sus súbditos con tanto poder como sabiduría. Y le temían por su poder, y lo amaban por su sabiduría. 
Había también en el corazón de esa ciudad un pozo de agua fresca y cristalina, del que bebían todos los habitantes; incluso el rey y sus cortesanos, pues era el único pozo de la ciudad. 
Una noche, cuando todo estaba en calma, una bruja entró en la ciudad y vertió siete gotas de un misterioso líquido en el pozo, al tiempo que decía:
Desde este momento, quien beba de esta agua se volverá loco. 
A la mañana siguiente, todos los habitantes del reino, excepto el rey y su gran chambelán, bebieron del pozo y enloquecieron, tal como había predicho la bruja. Y aquel día, en las callejuelas y en el mercado, la gente no hacía sino cuchichear: 
El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán perdieron la razón. No podemos permitir que nos gobierne un rey loco; debemos destronarlo. Aquella noche, el rey ordenó que llenaran con agua del pozo una gran copa de oro. Y cuando se la llevaron, el soberano ávidamente bebió y pasó la copa a su gran chambelán, para que también bebiera. Y hubo un gran regocijo en la lejana ciudad de Wirani, porque el rey y el gran chambelán habían recobrado la razón

Los tres deseos
Los tres expedicionarios quedaron estupefactos y sin palabra. Estaban protagonizando un cuadro como sacado de un cuento de fantasía. El genio surgía entre destellos de truenos, luces de colores y vapores ondulantes que a manera de nubes lo rodeaban todo, iluminando aquella espectral caverna y dándole un aspecto fantástico y sobrenatural.
Los hombres estaban totalmente mudos y paralizados de terror contemplando como el extraño ser que tenían frente a sus ojos se incorporaba de su mundo misterioso como despertando de un milenario sueño.
Una vez completada su aparición el genio pareció tomar conciencia de su condición y comenzó a buscar como un puma hambriento por su presa, procurando descubrir quién o quiénes eran los causantes de su despertar.
Al verlos perplejos y paralizados de espanto, fue él quien rompió el silencio diciendo…
- Dichosos o desafortunados quienes osan despertarme, porque adquieren el poder de realizar sus sueños para su fortuna o desgracia. Ya que son tres mis señores, concederé a cada uno un único deseo. No es necesario que se inquieten en tomar una elección. Puesto a que el hombre raras veces sabe lo que verdaderamente quiere, se me ha concedido el poder de penetrar en sus corazones y desde allí me será revelado el más profundo de sus anhelos.
Entonces el genio fijó sus ojos sobre el primer hombre que era viejo y estaba consumido por la enfermedad. Traspasándolo con la mirada penetró en lo más profundo de su ser y segundos más tarde su figura se había transformado por completo. Estaba lleno de alegría, belleza y fuerza sin igual porque se le había concedido la juventud, la salud y la vitalidad que en el fondo anhelaba recuperar.
Sin detenerse ahí y como quién se dispone a terminar pronto, volteo la mirada y la dirigió al segundo hombre, quien un instante después lucia el traje, las joyas y el semblante de un soberbio rey. Su anhelo más profundo era la riqueza y el poder.
Finalmente el genio miro fijamente al tercer hombre, penetró en él y después de un instante desapareció súbitamente del mismo modo como había aparecido, evaporándose sin dejar rastro y dejando una calma espectral como la queda en los campos de batalla después de que se ha librado una sangrienta guerra.
Sus compañeros confundidos no daban con el deseo que le había sido concedido. Su aspecto no había cambiado en absoluto y parecía inmóvil con los ojos cerrados. Entonces vieron como poco a poco retornaba en sí como saliendo de un profundo trance. Al abrir los ojos los miró con una extraña mirada que reflejaba una profundidad y realización incalculable. Una claridad y sosiego que raras veces se expresan en un rostro humano. De pronto en su boca se dibujó una tenue sonrisa que insinuaba un gozo sublime e inquebrantable. Su anhelo más profundo no pertenecía a este mundo. Era llegar a entender el misterio de Dios.